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Sacrificio... ¿Sacri..., qué?

19 - marzo - 2019

Sacrificio... ¿Sacri..., qué?

Mateo del Blanco
II domingo de Cuaresma

Después de haberle soltado un buen rollo a un alumno perezoso sobre el cumplimiento del deber y sus responsabilidades como estudiante, le dije que, lo que él necesitaba, era más SACRIFICIO. Entonces él puso una cara de extrañeza y dijo: “¿sacri…, qué?”, o sea, que ni siquiera le sonaba la palabra. Y es que hay palabras que en la educación de nuestros tiempos oíamos un día sí y otro también y hoy apenas se usan y a los chicos les suenan como rarezas, algo así como algo de la Edad Media, por no ir más atrás.
                    
Quizá porque en nuestra  sociedad del bienestar hay muchos que piensan que el “estar bien siempre”, no sufrir, no agobiarse, no esforzarse sea un objetivo, y que las cosas nos caigan del cielo. Una apreciación que está reñida con la realidad de una sociedad competitiva donde, generalmente, tiene éxito el mejor, o el que está más preparado, o el que más se ha sacrificado, en definitiva. Cuando vemos a algunos de nuestros deportistas famosos, que triunfan en Europa y en el mundo, Rafa Nadal, Carolina Marín, Javier Fernández, a los que muchos de nuestros niños y jóvenes, les gustaría imitar, yo creo, no piensan en todo lo que hay detrás de esfuerzo, de sacrificio, de tenacidad, de cientos de horas de entrenamiento, de ausencia de la familia, de soledad y lágrimas en hoteles por el mundo adelante.

Se entiende que el sacrificio es un camino para llegar a una meta. No significa ser masoquista, es decir que a uno le guste sufrir por sufrir. Privarse o rechazar voluntariamente ciertas actividades para conseguir  un objetivo no es una decisión fácil; decir que no al ocio, a las salidas con amigos, al descanso por las tardes para, en cambio, estudiar y perfeccionarse en una determinada disciplina, es difícil para nuestros niños y jóvenes y no sé si son muchos los que parecen estar dispuestos a hacerlo. Si queremos que consigan los objetivos que se vayan marcando en la vida, no queda más remedio que educarles en el esfuerzo y el sacrificio o sea, que se impongan las acciones para conseguir merecer algo o para beneficiar a alguien”. “Que no pasen lo que yo pasé, ni sufran lo que yo sufrí”, es una trampa en la han caído y caen muchos padres actuales para no exigir a sus hijos esfuerzo y sacrificio.

Los cristianos tenemos una motivación especial, lo que Jesús nos dice en el Evangelio: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”.
Pues eso, a sacrificarse por algo que merezca la pena. En su consecución se encuentra una alegría y satisfacción que nadie nos podrá arrebatar.

Publicado en La Opinión-El Correo de Zamora, 17/03/19.

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