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Carmen Peña: “el Sínodo ha llamado a un acompañamiento paciente de las familias”

28 - enero - 2016

Carmen Peña: “el Sínodo ha llamado a un acompañamiento paciente de las familias”

La profesora de Derecho Canónico Carmen Peña ha sido la primera ponente en las XIV Jornadas Diocesanas de Zamora, presentando las líneas principales de las dos asambleas del Sínodo de los Obispos que han abordado recientemente la relación de la Iglesia con la familia.

Zamora, 28/01/16. En la tarde de ayer comenzaron en el salón de actos del Seminario San Atilano las XIV Jornadas Diocesanas de Zamora, que este año llevan por título “La familia en el Año de la Misericordia”. El encuentro, en el que participaron laicos, consagrados y sacerdotes, se inició con una oración por la familia que dirigió el vicario de Pastoral, Fernando Toribio.

Las palabras de la inauguración corrieron a cargo del obispo diocesano, Gregorio Martínez Sacristán, que destacó la importancia de los dos temas que vertebra esta edición de las Jornadas Diocesanas. “Deseo que estos dos temas os sirvan a vosotros y a vuestras parroquias y comunidades”, dijo el prelado a los asistentes, “para que la Iglesia de Zamora siga adelante en el Señor, rica en misericordia y en gracia”.

Agradeció la disponibilidad de los tres ponentes, “personas de cierta altura y nivel”. De hecho, destacó, “tenemos esta tarde entre nosotros a alguien que ha participado en el Sínodo, así que nos lo trae de primera mano”. Y es que la primera conferencia corrió a cargo de Carmen Peña García, profesora de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Comillas y consultora en el Sínodo para la Familia que se ha celebrado en el pasado mes de octubre en Roma.

Un Sínodo novedoso y con gran repercusión

Con el título “El Sínodo de la Familia: aportaciones y retos”, la ponente resumió los aspectos principales de esta asamblea de obispos de todo el mundo, que “concluyó un camino de reflexión eclesial de dos años, con una notable repercusión mediática y eclesial”. Recordó que “el Sínodo es una reunión de obispos con carácter consultivo y no legislativo, ya que su función es asesorar al Papa”.

“Este Sínodo ha abordado un tema de singular trascendencia para las personas y para las comunidades cristianas. Sus propuestas y debates han revitalizado esta temática, tanto entre especialistas (teólogos, canonistas...) como a nivel de agentes pastorales, movimientos, parroquias... que han puesto a la familia en el centro de la atención eclesial”, destacó.

El Papa convocó este Sínodo de una forma singular, ya que lo hizo en dos convocatorias: una extraordinaria y otra ordinaria (en los años 2014 y 2015). “Me parece un gran acierto haber hecho esto, ya que el Sínodo ha tocado una cuestión de gran importancia, dando tiempo para madurar las ideas, profundizar en las cuestiones más complejas... y para que el Espíritu ilumine a su Iglesia”.

Otra característica que destacó del Sínodo es “la profunda renovación en el modo de actuar, involucrando al mayor número de fieles, por ejemplo con la publicación del cuestionario previo, con el que se invitó a participar a todos los fieles en los trabajos preparatorios”. Lo que ha permitido tener muchas aportaciones y percepciones “que han enriquecido la redacción de los documentos iniciales”. Por eso ha sido “una dinámica muy participada y novedosa”.

Una Iglesia que se revisa

Más que un Sínodo sobre la familia “ha sido un Sínodo sobre la Iglesia en su relación con la familia y las familias”, para que “desde la mirada amorosa y la escucha atenta pueda hacer una revisión profunda e incluso autocrítica de su propia praxis pastoral”, no un mero juicio externo o una revisión sociológica. Teniendo en cuenta que “las familias son las primeras evangelizadoras”.

Carmen Peña expresó su satisfacción por haber podido participar en la asamblea sinodal y contó algunos detalles de su funcionamiento interno y su desarrollo. Ella participó en calidad de experta o auditora. De los dos documentos finales del Sínodo la ponente extrajo la conclusión de haberse dado una progresión y “una línea clara de unión entre las dos asambleas, abriendo valiosas vías de reflexión pastoral, de actuación y cambio de actitudes”.

Una mirada profética y esperanzada

De estos documentos, culminación de los trabajos sinodales, la canonista destacó algunos rasgos principales. Lo primero que subrayó fue “una preocupación real por estar muy cercanos a la situación real de las familias en sus diócesis”, algo que responde a “intervenciones de los obispos muy pegadas a la realidad, al terreno, nada teóricas”.

Ahí se ve que “hay claramente una descripción de denuncia social, una denuncia profética, un compromiso por la justicia”, ya que se cuestionan algunos elementos culturales peligrosos para la familia, además de algunas injusticias socioeconómicas que amenazan a la institución familiar. Esto supone “una llamada a implicarnos para cambiar esa situación”, también en la promoción de leyes que defiendan a las familias y a las personas.

Además, la mirada es esperanzada, “una mirada que quiere destacar lo positivo de las nuevas realidades familiares, y cómo puede servirnos para que se desarrollen y tengan una mayor presencia, llevando al final a una evangelización de la sociedad”. Entre estos elementos positivos, una marcada presencia de “la promoción de la dignidad de la mujer, en la cual la Iglesia puede ser una voz profética”. Se destaca también “la revalorización del papel de la mujer dentro de la vida eclesial”.

Entre estas cuestiones positivas, los documentos sinodales señalan “la formulación de los papeles de la mujer y del varón dentro de la familia”, con una reflexión sobre este último: cuál debe ser el papel del varón en la vida familiar, la educación de los hijos, etc. “El papel del varón se ha redimensionado para bien”, afirmó Peña García. Todo ello son “luces de la familia actual que la Iglesia lógicamente acoge y promueve”.

También apuntó al “desarrollo afectivo de los jóvenes” como un elemento fundamental, algo que se aprende en la familia, que es “el espacio pedagógico primario, el núcleo primordial de socialización, de aprender a amar y sentirse amado”. Junto con esto, también hay una labor en las parroquias, escuelas, movimientos... “un amplio campo para formar a los jóvenes en la afectividad, el compromiso y los valores. Aquí nos jugamos mucho”.

La familia, imagen del amor del Dios Trinidad

Otra idea que se resalta en los documentos es la centralidad del amor en la vida matrimonial y familiar: “la familia aparece como icono del Dios amor, de la Trinidad, fuente del amor mutuo en las personas”. Se trata, pues, de una “revalorización teológica de la familia misma, no sólo del matrimonio, una clave que puede permitir una fundamentación teológica más fuerte que la que se ha hecho hasta ahora sobre la familia”.

Además, el Sínodo ha querido “mostrar la belleza de la vocación matrimonial y familiar, que responde a la vocación de la persona”, lo que exige un cambio del lenguaje, ya que “la belleza no se explica, sino que se muestra”. De esta forma, son las familias las que tienen que mostrar la belleza de su opción y de su vocación. Se trata de “un reto importante, que nos exige una renovación del lenguaje, que en ocasiones no es significativo para los jóvenes”.

Formar y acompañar matrimonios

En esta línea, afirmó Carmen Peña, se insistió en un planteamiento más vocacional en la formación para el matrimonio. Por eso la ponente se fijó en la importancia de los cursos prematrimoniales y de lo que deben suponer como proceso catequético, insertados en la pastoral juvenil. “Esto va a exigir no sólo una renovación profunda de la preparación inmediata para el matrimonio, sino que se haga un camino de formación remota, donde además del sacerdote debe haber familias que acompañen”.

Otra idea importante del Sínodo es la del acompañamiento “a todas las familias”, más allá de la pastoral de preparación de los sacramentos. “Hay que acompañar a los jóvenes no sólo en la formación para el matrimonio, sino también cuando ya se han casado, ayudándolos en sus dificultades, en su progresión en su vida de fe y de familia”. Son las otras familias y los otros matrimonios los que deben encargarse de esto, saliendo del ensimismamiento.

Un acompañamiento que “es particularmente importante en los momentos de crisis”, y que “exige que centremos nuestros esfuerzos en la prevención del fracaso matrimonial”. En ocasiones esto supondrá una intervención más profesional, con “vías de mediación y orientación para tratar los conflictos antes de que sea demasiado tarde”. Por ello la ponente destacó la importancia del trabajo de los Centros de Orientación Familiar (COF).

Salir al encuentro de las situaciones de ruptura

Y si a pesar de todos los esfuerzos se produce la ruptura conyugar definitiva, es necesario “buscar caminos pastorales nuevos para salir al encuentro de estas situaciones y fragilidades”, algo que ha tenido una presencia muy relevante en el Sínodo. Esto ha de hacerse “desde un acompañamiento paciente, desde una escucha sanadora, desde el respeto, lo que supone un cuidadoso discernimiento de las situaciones, sabiendo que son muy variadas”.

Se ha insistido en el Sínodo en que “la misericordia no se opone a la verdad del evangelio, y no supone una rebaja en la doctrina”. El acompañamiento se ha de hacer desde la conciencia de que “la Iglesia no es una aduana, sino una madre que acoge, cargando sobre sí a las personas heridas”. Por ello, destacó Carmen Peña, “no se puede confrontar misericordia y evangelio”.

Recordó que las personas divorciadas civilmente que no han vuelto a casarse, no están en una situación irregular, sino que “pueden ser testigos de la fidelidad conyugal, por lo que pueden participar en los sacramentos, incluida la eucaristía, y pueden participar en la vida de las comunidades e incluso tener responsabilidades”.

Los divorciados vueltos a casar

Más delicada y compleja es la situación de los divorciados vueltos a casar o con una unión de hecho, ante lo que “hay que hacer un discernimiento atento, evitando todo lenguaje discriminatorio, promoviendo su participación en la vida de la Iglesia”, pero sabiendo que se trata de una situación objetivamente irregular. “Estos fieles no están excomulgados, pueden y deben participar en la vida de la Iglesia y educar en la fe a sus hijos”.

Por ello el Sínodo “ha llamado a la revisión de las posibilidades de participación de estos fieles en la vida de la Iglesia, haciendo un cuidadoso discernimiento”. Junto a la clave del acompañamiento, la otra importante es “la integración de estas personas en la Iglesia”, viendo que la responsabilidad de las personas no es la misma en todos los casos.

Otra cuestión que destacó la ponente, como canonista, es que en esta pastoral de los divorciados vueltos a casar “hay que buscar caminos nuevos, pero es importante hacer uso de los remedios clásicos que existen, como el estudio de la posible nulidad del primer matrimonio”, aunque hubo aspectos críticos, como la agilización de los procesos canónicos.

Por eso un fruto adelantado del Sínodo ha sido la reforma de los procesos de nulidad, ordenada por el papa Francisco, “algo que redimensiona el papel del obispo como juez de la diócesis y la función del tribunal eclesiástico en la pastoral, dando respuesta a las situaciones dolorosas de las personas”.

En definitiva, concluyó Carmen Peña, “esta dinámica del Sínodo en dos años, sus documentos y las decisiones posteriores, abren nuevas vías de trabajo en favor de las familias, posibilidades pastorales y líneas de profundización. Es importante desarrollar con creatividad, con prudencia y con sentido pastoral acciones que ayuden a aplicar las intuiciones del Sínodo ante las necesidades de la familia en el mundo actual, en la situación española y en la Diócesis de Zamora, lo que requerirá audacia y trabajo. Nos jugamos mucho en el tema de la familia, tanto en la Iglesia como en la sociedad”.

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